domingo, 14 de marzo de 2010

El Barón Rampante (Italo Calvino, 1957)

A la luz de las antorchas todos se pusieron a dar caza a los caracoles por la bodega (…) Descubrieron el agujero en el barril y comprendieron de inmediato que habíamos sido nosotros (…) Acabamos cubiertos de estrías violeta en la espalda, las nalgas y las piernas, encerrados en el misero cuartito que nos servía de prisión (…) Después, primera comida en familia, como si nada hubiera ocurrido, todos muy en punto, ese mediodía del 15 de junio. ¿Y qué había preparado nuestra hermana Battista, superintendente la cocina? Sopa de caracoles, y guiso de caracoles. Cosimo no quiso tocar ni una concha. -¡Comed o en seguida os encerramos en el cuartito!- (…) -¿Y bien?- dijo nuestro padre a Cosimo. -¡No y no!- dijo Cosimo, y apartó el plato. -¡Fuera de esta mesa! (…) Cosimo subió hasta la horqueta de una gruesa rama donde podía estar cómodo, y se sentó allí, con las piernas colgantes, los brazos cruzados con las manos bajo las axilas, la cabeza hundida entre los hombros, el tricornio calado sobre la frente. Nuestro padre se asomó al antepecho. -¡Cuando te canses de estar ahí cambiarás de idea!- le gritó. -¡Nunca cambiaré de idea!- dijo mi hermano, desde la rama. -¡Te las verás conmigo en cuanto bajes! -¡Yo no bajaré nunca más! Y mantuvo su palabra.

Extracto de “El Barón Rampante” (Il Barone Rampante) de Italo Calvino.
Publicado originalmente en 1957.

sábado, 13 de marzo de 2010

Jim

Jim es un poeta. Busca “lo extraordinario para decirlo con palabras comunes y corrientes”. Antes fue marine e incluso combatió en Vietnam. Jim es el norteamericano más triste que Bolaño jamás vio. Su historia es la que da comienzo al libro de cuentos y conferencias llamado “El gaucho insufrible” (2003).Jim es un hombre y un nombre. Nombre del personaje y del cuento y hombre que cree en la existencia de las palabras comunes y corrientes, casado con una chicana y que un día contempla absorto el arte de un tragafuegos en las calles del DF. Se abandona a ese juego de manera impensadamente peligrosa y, se podría decir, quiere quemarse hasta el alma. El tragafuegos no tiene ningún problema con ello, de hecho parece empecinado en lograrlo.El poeta está triste y busca quemarse. Al parecer no queda a qué cantar: busca el abandono a las llamas, una muerte cruda.El doce de septiembre de 2008 se suicidó David Foster Wallace. Lo único que he leído de él es el extracto de una conferencia que dio el 2005 que publicó la revista de Cultura de La Tercera el sábado cuatro de octubre del mismo año. En aquella conferencia nos dice que “en las trincheras de la vida adulta, no existe el ateísmo. No existe tal cosa como no adorar. Todos adoran. La única alternativa que tenemos es qué adorar. Y una razón destacable para elegir adorar alguna especie de dios o fuerza espiritual –sea Jesús, Alá, Yavé o un conjunto infranqueable de principios éticos es que casi cualquier otra cosa que elijamos adorar nos comerá vivos (…) Se trata de llegar a los 30, quizá a los 50 sin querer pegarnos un tiro en la cabeza (…) Es inimaginablemente difícil hacerlo y mantenernos conscientes y vivos, día tras día.”Pese a mi ignorancia sobre Wallace, tras la lectura no pude evitar ver en él a Jim: el poeta está triste. Y si el cuento de Bolaño cierra dándole la oportunidad al lector de darle o quitarle la vida a Jim (“nunca más lo volví a ver”) Wallace, con su ejemplo, nos plantea el fin obvio, el fácil: la muerte. Ya no queda a qué cantar. Pero no debemos olvidar de que en vida es el mismo Wallace quien nos planteó el otro camino, el difícil: creer. La vida o muerte de Jim es, realmente, una cuestión de vida o muerte.
Guillermo García Moscoso (2008)

La Conjura de los Necios (John Kennedy Toole, 1980)

Puedo, por fin, describirte ya, lector amable, nuestra fábrica (…) La fábrica es un edificio grande, tipo granero, que alberga piezas de tela, mesas de cortar, máquinas de coser inmensas y hornos que proporcionan el vapor necesario para el planchado. El efecto global es más bien surrealista, especialmente cuando uno ve a Les Africains moviéndose por allí, consagrados a sus tareas en este medio mecanizado (…) En los alrededores de Levy Pants hay un bar en cada esquina, indicio de que en la zona los salarios son abismalmente bajos. En las calles en las que los habitantes están particularmente desesperados, hay hasta tres y cuatro bares en cada cruce (…) Yo, en mi inocencia, sospeché que la raíz de la apatía que había observado entre los obreros era aquél jazz indecoroso que emitían los altavoces estridentes de las paredes (…) Pese a lo sometidos que han estado, los negros son una gente bastante agradable en general. Yo había tenido poca relación con ellos, en realidad, pues sólo me relaciono con mis iguales, y como no tengo iguales, no me relaciono con nadie (…) Siempre he sentido, en cierto modo, una especie de afinidad con la gente de color, porque su situación es igual a la mía: nos hallamos fuera del círculo de la sociedad norteamericana. Mi exilio es voluntario, por supuesto. Es evidente, sin embargo, que muchos negros desean convertirse en miembros activos de la clase media norteamericana. La verdad es que no puedo entender por qué. He de admitir que este deseo suyo me lleva a poner en entredicho sus juicios de valor (…) Pueden ratificar si quieren su propia condenación (…)Admiro el terror que son capaces de inspirar los negros en los corazones de algunos miembros del proletariado blanco y sólo desearía (esta es una confesión muy personal) poseer la misma capacidad de aterrar (…) Además, si fuera negro, mi madre no me presionaría para que encontrara un trabajo bueno, pues no habría ningún trabajo bueno a mi disposición (…) Ella y yo viviríamos muy agradablemente en alguna choza mohosa de los suburbios, en un estado de paz sin ambiciones, comprendiendo satisfechos que no se nos quería, y que luchar y esforzarse no tenía sentido.

Extracto de “La Conjura de los Necios” (A Confederacy of Dunces) de John Kennedy Toole.
Publicada originalmente en 1980.